“…Paréceme Sancho, que no hay refrán que no sea verdadero, porque todos son sentencias sacadas de la mesma experiencia, madre de las ciencias todas…”

Permítaseme tornarme en escudero y traer a colación, un proverbio que han parecido hacer suyo los barones de la banca, nacional e internacional, al aprovechar la situación económica mundial para instrumentar mecanismos con los que seguir llenando sus ya henchidas arcas.

No es mi intención negar que la coyuntura económica por la que atraviesa el país desde hace unos años ha afectado a todos los sectores de la economía. La banca, como parte de ellos, ha sufrido un durísimo golpe del que tuvo que recuperarse acudiendo al plan de rescate bancario aprobado por el anterior Gobierno, consiguiendo parte de la liquidez perdida como consecuencia del desprendimiento de activos en épocas de bonanza, sin olvidar la nefasta gestión de los directivos y altos ejecutivos de muchas de esas entidades.

El rescate se vislumbraba como la única opción ante la insolvencia financiera, dado el cierre de las vías de financiación, la inactividad del mercado interbancario y el aumento de la morosidad, en un intento por reducir las estremecedoras consecuencias que para la economía podría suponer el desplome de la banca similar al causado por Lehman Brothers.

La banca seguía necesitando obtener liquidez a toda cosa, por lo que la idea de sanearse y abrir nuevos campos de negocio se extendió con rapidez. El sistema financiero español se precipitaba vertiginosamente sin que, ninguna de las reformas acometidas hasta el momento, consiguieran apuntalar a un gigante cuyos pies de barro que comenzaba a tambalearse. En estos pagos, la cúpula del sector financiero español, con brillantez nórdica decidió “redecorarse” al estilo Ikea, poniendo el acento de la gestión de su clientela minorista.

La clave estaba en la capacidad de las entidades para ofrecer a sus clientes un traje a medida, aprovechando la confianza depositada por éstos en los profesionales a los que habían confiando todos sus ahorros. No obstante, y dado el trabajo que supone el noble arte del corte y confección, pronto se pensó que la línea de negocio de las sucursales a pie de calle no podía limitarse a la concesión de créditos e hipotecas, sino que debían convertirse en una suerte de agencias de inversión que se encargarían de colocar a sus clientes todo tipo de productos financieros especulativos, con independencia de que resultasen convenientes o no para los ellos.

De esta forma, el verdadero problema ha llegado cuando la banca ha situado sus intereses en un plano completamente opuesto al de sus clientes, comercializando masivamente a través de su extensa red de oficinas productos de inversión altamente especulativos (tales como swaps o permutas financieras, participaciones preferentes o bonos convertibles). Para ello la banca no dudó en ocultar información relevante sobre las características y naturaleza de los mismos y, más concretamente, sobre los riesgos patrimoniales que asumía el incauto cliente que, confiado en las palabras del Director de su sucursal, firmaba cuantos documentos éste le aconsejaba.

Esta comercialización masiva de productos altamente complejos, y que han supuesto grandes pérdidas para los ciudadanos, saltó a la opinión pública al tiempo que el anterior ejecutivo decidía destinar al rescate de las entidades financieras nada menos que el 14,3% de nuestro Producto Interior Bruto. Todos sabemos que ni un solo euro de ese dinero se ha destinado a inyectar liquidez a nuestro tejido empresarial, sino que los bancos los han destinado íntegramente a sanear sus maltrechas cuentas de resultados.

En cambio, ¿cuál ha sido el auxilio que por parte del Estado han obtenido los ahorradores engañados por sus bancos, a los que se les colocaron productos especulativos y por los que han perdido sus ahorros? La respuesta es tan cruda como incuestionable: unos organismos reguladores (Banco de España y CNMV) que no han dudado, en el mejor de los casos, en mirar para otro lado, cuando no directamente han avalado las indeseables prácticas llevadas a cabo por unas entidades bancarias a las que, supuestamente, deben controlar y sancionar.

“…porque ves allí, amigo Sancho Panza, donde se descubren treinta o poco más desaforados gigantes con quien pienso hacer batalla, y quitarles a todos las vidas, con cuyos despojos comenzaremos a enriquecer: que esta es buena guerra, y es gran servicio de Dios quitar tan mala simiente de sobre la faz de la tierra. ¿Qué gigantes? dijo Sancho Panza”.